lunes, mayo 31, 2004

Oración de un poeta


Aba Padre
Gracias por escucharme
Gracias por todas las maravillas que me ayudas a apreciar cada vez más y con infinito asombro y placer.
Gracias por las situaciones que me ayudas a vivir, a superar y a sentir en todo momento.
Gracias por compartir conmigo todo cuanto consideras que mi alma enamorada del universo puede aceptar de tí­.
Pocas cosas puede un alma tan agraciada por tí pedir para ser más feliz. En esta ocasión me gustarí­a pedirte que me acerques una musa. Un alma como la mí­a no necesita de una musa para sentir, apreciar y amar.
Y Padre! Yo quiero derramar miel en cada mirada, quiero probar el dulce del más exquisito de los higos al besar la boca de mi musa, quiero que ella sienta la seda más suave cuando la acaricie y la firmeza de mis manos masculinas cuando la apriete entre mis dedos; quiero ver la maravilla de la creación a través de sus ojos y oler el divino perfume del amor emanante de su cálida piel. Quiero combinar la enorme pulsión que sólo una musa puede provocar con el permanente estado de amor en el que mi alma se encuentra. Quiero llegar al Nirvana y lograr un equilibrio perfecto y eterno entre amor y pasión.
Ese, Padre, es el deseo que hoy tengo.
Gracias Padre por escucharme,
Amén

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Aquel que su corazón escribe... no escribe por placer, por querer, por deber... escribe... porque no le queda de otra.

Cuantas veces he planeado un entierro,
cuantas tantas más agónico encuentro el horario,
y entonces sueño.

Cuantas veces he implorado a la corriente,
de éste liviano aire vertiente,
que me corroa por dentro,
derrita mis ojos,
que ya no escriba,
que ya no escriba.

Profusos se irrigan mis ojos,
tan ahogados,
tan llorosos, tristes y cansados.

Ya no hay opción que venza el fríó,
ni el hastío,
ni a mis versos llegue la derrota,
ya no encuentro con que penetrar mis dedos,
hacerlos bajo sus uñas sangrantes,
reactores serruchados,
ahogados bajo agua regia.

Maldigo al Dios que paseante me observa,
que no sabe que escribo,
que no sabe que digo,
que cree que me castiga,
y que abandona a su hijo,
y tan engañado... me observa,
me cuenta al oído,
me habla,
susurrante se burla,
y yo herido.

El estío que el dolor invoca,
y las frases que no salen de mi boca,
y mis hombros derretidos,
por lágrimas que no invoco,
ahí se recuestan los que amo,
los que no entiendo,
pero aclamo,
desde ahí yo escucho,
lo que no quiero escribir,
pero importa,
mi última escapatoria,
la más amistosa de mis derrotas.

Eulogy.

Roberto Iza Valdes dijo...
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Roberto Iza Valdes dijo...
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Roberto Iza dijo...
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