martes, agosto 31, 2004

Klavier

Se nubla el cielo, enormes nubarrones negros envuelven el alma del pianista. Primero cae una gota, luego otra y así, sucediéndose en un caótico orden divino, las diferentes vibraciones causadas por el constante golpeteo atraviesan carne y hueso, llegando hasta el último rincón de mi espíritu.
Los dedos, cual extensiones corporales de un titiretero celestial, eligen qué gotas y con que intensidad golpearán mi alma, vertiendo, cual brillante líquido etéreo, la esencia del afable artista dentro de un recipiente corpóreo --ese soy yo.
Aspiro hondo y un exquisito olor a lluvia llena mis pulmones con música y puedo observar claramente en el poeta como todos sus sentimientos y emociones, cual magma desbordando de un volcán en erupción, se escurren, ardientes, en forma de notas, presionando las teclas del noble instrumento, quemando el aire, transformando todo lo que toca en parte del gran magma.

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